30 marzo 2012

Hay mañanas...

Cuadro de Marilu Kunhe
Amaneció con frío y sol aquella mañana. Una vez sacadas las fuerzas de flaqueza, se dirigió al baño, se miró en el espejo de soslayo y se metió en la ducha. Dejó que el chorro de agua caliente le cayera en la espalda (pensaba que de esa forma se descontracturaba). Como era una persona que creía en la autosugestión, en menos de cinco minutos de sentir el calor en la espalda, empezó a notar alivio.

Mientras se secaba el pelo se vio el moratón de su ojo izquierdo. Hacía dos días que se había tropezado con la puerta del comedor, lo que le produjo aquel cardenal que disimulaba con un maquillaje coreano que le había procurado una compañera de trabajo que tenía la costumbre de comprar por Internet objetos extravagantes que no servían para nada. 

Se puso la muñequera que le inmovilizaba la muñeca derecha porque hacía tres meses tuvo un accidente donde se rompió el escafoides. La llevaría durante los siguientes tres meses para asegurar que el hueso se uniera correctamente. Salió de casa con prisa porque tenía que poner gasolina y llegaba tarde al trabajo.

De camino a la gasolinera casi atropella a un transeúnte, que le hizo la señal de maldición gitana. Ella se asustó. No es que creyera en ellas pero por si acaso.

Cuadro de Ernest Descals
En la gasolinera parecía que la toda la ciudad se había puesto de acuerdo para echar gasolina a la misma hora. Cuando fue a pagar, la máquina no aceptó la tarjeta y se tuvo que ir al banco más cercano cruzando los dedos para que le hubieran ingresado la nómina. En vano. Números rojos. Después de hablar largo y tendido con el personal de la gasolinera, dejó su DNI en depósito. Ya llegaba una hora tarde al trabajo  cuando salió se puso en marcha. Con la mala fortuna que le paró la Guardia Civil en la primera rotonda a la salida de la ciudad. Como no llevaba el DNI, le pidieron los datos, la sacaron del coche y registraron el maletero. Media hora más tarde, por fin se dirigió al trabajo. En el viaje se acordó de la persona del paso de cebra. A lo mejor había tenido algo que ver con aquellos episodios tan desagradable que le obligaron a tomarse un calmante para los nervios

Cuando por fin llegó al trabajo, (con dos horas de retraso) subió corriendo las escaleras tan deprisa que dio un traspiés y por poco no se estampó contra la pared. Resoplando encendió el ordenador. Solo tenía 8 GB libres en el disco duro, así que decidió copiar los archivos a otra unidad. De repente, las carpetas dejaron de contener documentos. En diez minutos, perdió el trabajo de siete años y lo peor de todo: debía de presentar la memoria al día siguiente.

Cuando bajó las escaleras para hablar con su jefe se tropezó en un escalón y cayó  de bruces al suelo ante el estupor de sus compañeros. Empezó a sangrarle la nariz y el labio. En urgencias le dieron un Ibuprofeno, le escayolaron el tobillo y le sugirieron que se fuese a casa. 

Cinco horas después de haber salido, volvió a su casa con dos algodones en la nariz, el labio hinchado a juego con la parte izquierda de su cara, un ojo morado, el cuerpo magullado, el tobillo escayolado, con el trabajo de siete años perdido y con la moral por los suelos.

Aquello no podía ser otra cosa que fruto de la maldición que le habían echado esa mañana. Por si las moscas, se quedaría en casa. No saldría en las próximas tres semanas. Se quedaría en la cama con la pierna en alto, durmiendo. A ver si aquello se pasaba. Se tomó otro calmante, otro Ibuprofeno, se metió en la cama y con desconfianza se tapó con las sábanas hasta los ojos mirando de un lado a otro. Con un poco de suerte se dormiría y por un tiempo todo aquello quedaría atrás. La próxima vez tendría más cuidado con el coche o por lo menos dejaría al transeúnte bien tumbado.

1 comentario:

Francis dijo...

"se miró en el espejo de soslayo..."

Creo que todos los males le vinieron por ahí (por el soslayo)