21 diciembre 2009

Picor de ojos

Se levantó con picor de ojos. Casi no podía abrir los párpados. Le picaban tanto… Y cuanto más se los frotaba, más le picaban. Probó con colirio, con manzanilla amarga, pero nada. Ahí seguía el picor. Los cerró. Los abrió. Hizo algunos ejercicios oculares, relajó los músculos, los tensó… Pero ahí seguía el picor. Pasaban las horas y los ojos seguían manifestando su malestar. No sabía qué hacer. Lo mejor sería no hacer caso. Como si no existieran. Seguro que si se concentraba en cualquier otra cosa, no pensaría en el picor y al final desaparecería, aunque fuera por aburrimiento. Pero ese día los ojos no se aburrían y seguían transmitiendo aquella desagradable sensación.

Finalmente, se rindió. Se sentó en el sofá y dejó que se agolparan y se desparramaran por las mejillas a borbotones. No se preocupó en frenarlas ni en secarlas. Caían y caían como cascadas cristalinas. Cuando dejaron de caer, miró por la ventana. El cielo era de un azul intenso y el verde de los árboles contrastaba con el brillo de la calzada mojada y gris. El cristal era mucho más claro y transparente. Allí sentado comprobó que al igual que la lluvia limpia el ambiente, las lágrimas limpian la mirada y que después de la tormenta llega la calma, se respira mejor y el aire es más fresco.

2 comentarios:

Jésvel dijo...

¡Menudo reconstituyente!

Cris Purrusalda dijo...

me encanta tus historias y en esta me veo reflejada... sigue contando....un abrazo