Mostrando entradas con la etiqueta visiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta visiones. Mostrar todas las entradas

28 octubre 2014

Desde las alturas

Por la tele había visto a los paracaidistas del ejército tirarse de avionetas y hacer figuras en el aire. Solían ser hombres los que lo practicaban así que el paracaidismo le resultaría inaccesible como tantas otras cosas. Pero en aquel telediario dijeron que las mujeres podían incorporarse al servicio militar. Ella tendría unos ocho años. Y lo primero que se le pasó por la mente fue: podría ser paracaidista. Y sin pensarlo dos veces le dijo a su padre: "papá, yo de mayor quiero hacer la mili". Su padre la miró orgulloso, como si fuera ella el chico que nunca había tenido. Pero después de un minuto cayó en la cuenta de que era una niña y se rió: "¿De verdad, hija? A ver si te vas a volver un chico..." Y ahí se quedó la cosa. 

Con el pasar de los años, se hizo anti-militar, así que la idea del paracaídas quedó perdida en el olvido del que se hace mayor y abandona aquellos locos sueños infantiles tan imposibles como volver a ser pequeño. 

Sin embargo, un día conoció a alguien que se había tirado en paracaídas por el gusto de hacerlo, sin hacer carrera militar ni nada por el estilo. Así que se prometió regalárselo algún día.


El día llegó antes de lo que había pensado. Y allá que se fue a experimentar aquello de caer desde 4.000 metros de altura a 200 km/h. 

El momento se hizo esperar. Por lo menos media hora hasta que la llamaron. Se puso el mono, el arnés sin atar y las gafas al cuello. Le explicaron cómo tenía que hacer para dejarse caer. Subieron a la avioneta. El instructor amarró bien las correas del arnés y conforme subían le iba enseñando el altímetro.

1000 metros
Había otro instructor con otro chico que, igual que ella, iba a experimentar aquello por primera vez. El chico de la cámara, y tres chicos más que estaban aprendiendo a tirarse solos.
2.500 metros.
Ella miraba por la ventanilla. El cámara le decía tonterías y ella saludaba sin parar de hablar.
3.500 metros.
El instructor volvió a repasar las instrucciones, cómo tenía que girar la cabeza, apretó de nuevo los arneses, le puso las gafas...
4.000 metros. Se abrió la puerta de la avioneta.

Saluda el primero de los chicos que se iba a tirar solo y desaparece. Al segundo siguiente repite la misma operación la chica y finalmente el tercer chico. A ella la dejaron para la última. 

Su instructor se quedó sentado en el borde de la avioneta. Ella colgaba sin mirar hacia abajo. Saludó por última vez a la cámara, giró la cabeza hacia la derecha y se dejó caer.


La fuerza del aire parecía que la estaba sujetando. No había vértigo ni sensación de caída. Solo velocidad. Las gafas las tenía mal puestas, entraba algo de aire y le lloraban los ojos. La boca un poco abierta, dientes juntos y respiraba por la nariz. Era imposible mover los brazos hacia adelante, la fuerza del viento era brutal. El instructor le tocó dos veces el hombro. Ella se despidió del cámara. Se agarró de los tirantes y notó un tirón que la subía y frenaba. ¿Tan rápido estaba yendo?

"Mira la avioneta". Ella miró hacia arriba. Apenas se veía. ¿Tan lejos estaba? ¿Cuánto tiempo había pasado? El instructor le dejó los mandos del paracaídas... Un giro a la derecha y ahora hacia la izquierda... Aquello era volar como los pájaros. Ella gritó y el instructor gritó con ella.
"¿Ahora entiendes por qué los pájaros son libres? Somos libres como los pájaros" le dijo.


Después de varias vueltas por el aire tocaron tierra. Sensación de mareo y la barriga un poco revuelta. Su cuerpo seguía flotando y su cabeza también. Sonrisa en el rostro, relax en el cuerpo, la mente despejada de preocupaciones... Le duraría las tres horas del viaje de vuelta, o eso pensó ella. Porque después de semanas y de algunos meses, al recordarlo, revivía las mismas impresiones. Gracias a su memoria y al video que le grabaron.

10 septiembre 2014

Libros y escaleras

Desde hace mucho me gustan las escaleras. De pequeña las bajaba de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro. Contaba escalones allá donde iba. Con el tiempo fui usuaria de escaleras, buenos lugares para sentarse y charlar, comer pipas, fumar. Sobre todo los escalones de la entrada a los portales. Cuando hacía calor, nos metíamos en el patio de las fincas y seguíamos charlando de nuestras cosas del cole, de los padres y hermanos pesados.

Pero las escaleras que más me gustaban eran las de caracol. Soñaba con tener una casa de dos pisos con escalera de caracol. Toda una aventura subirlas y bajarlas. Ya solo por eso merecían la pena las escaleras de caracol. Por eso y porque hasta el nombre me gustaba.

Mirador de Eiffel en La Ciudad Ducal de Las Navas del Marqués (Ávila)
Durante mucho tiempo, "Historia de una escalera" de Buero Vallejo, fue uno de mis diez libros preferidos y creo que en la actualidad lo sigue siendo.

Casualmente, cuando empecé a contar, uno de mis primeros cuentos fue "Instrucciones para subir una escalera hacia atrás" de Julio Cortázar. Esa historia me sigue fascinando y, a pesar de haber abandonado prácticamente el cuento literario de mi repertorio, cada tanto la sigo contando. 

Por aquel entonces participé en algunas intervenciones de calle con gente de teatro y casualmente yo utilizaba una escalera. No en vano empezaron a llamarme "Patricia escaleras". Ahí fue cuando fui consciente de la importancia que habían tenido las escaleras y escalones en mi infancia y adolescencia. Y sobre todo ahora, que vivo en un cuarto piso sin ascensor.


A parte de eso, también me gustaban los libros. Para ordenarlos, clasificarlos y también para leerlos, pero menos. Lo importante era organizarlos y explicar de qué iban a mi hermana pequeña para que le entraran ganas de leerlos. Así empecé a jugar a ser bibliotecaria y, sin saberlo, empecé a practicar en casa el fomento de la lectura. Fracasé estrepitosamente porque a mi hermana pequeña no le gusta leer pero sí escuchar. Así que a ella le contaba las historias que contenían los libros y otras que me inventaba para hacerla reír. Con mi prima y mis amigas sí que funcionaba lo de recomendar libros así que sigo haciendo ambas cosas: recomendar y contar. Lo de ordenarlos ya lo practico menos, pero en casa los tengo clasificados: novela, teatro, poesía, álbumes, libros de trabajo (fomento de la lectura, teatro, creación de historias, recopilaciones de cuentos, filosofía...)

Hace unos días que vi estas fotos en Pinterest. Y solo hace unos días entendí que tanto los libros como las escaleras, que en principio, pertenecen a dos universos totalmente distintos, que no tienen nada que ver unos con otras, cobran significado juntos en una biblioteca. Uno de los lugares que adoro y donde tengo la suerte de trabajar en un despacho abuhardillado al que se acede subiendo a pie veinte escalones.

Escalera de caracol de la vieja biblioteca de la Casa de Holanda 

Escalera de caracol de una biblioteca en Francia

04 septiembre 2014

Por el aire

Volar le permite tomar distancia, mirar con perspectiva. Darse cuenta de lo pequeño que es el mundo desde arriba. Descubre que hay térmicas de aire que elevan y otras que permiten el descenso. Se le taponan los oídos.

Lo que le gusta de volar es el ascenso. Correr a toda velocidad y de pronto los pies ya no pisan el suelo. Cosquilleo en el estómago. Y subir y subir. Baja la temperatura. Menos mal que se ha abrigado. El aire es suave y frío. Da vueltas sobre su eje para seguir subiendo. Sobrevuela el horizonte. Lo mira. Sonríe. Tiene el horizonte bajo sus pies. 

El aire la mece. No hay vértigo ni miedo. Sabe que no va a caer. El aire la sostiene.



Es la hora del descenso. Le cuesta encontrar la térmica que le permita tocar tierra. Pareciera como si el aire se resistiese a dejarla marchar, como si deseara alargar un poco más el juego de balanceos y volteretas. Ella lo agradece pero su cuerpo comienza a pedirle superficie firme donde apoyar sus pies. Y como si el aire la escuchase, le muestra el camino de descenso. La sorprende. Es más rápido de lo que esperaba.


Aterriza. Su cabeza le da vueltas. Tiene el estómago un poco revuelto. Espera un poco para ponerse en pie. Se desata el arnés. Recoge la tela del parapente. Le da las gracias a su instructor. Se dirige al coche. Arranca y comienza el camino de regreso a casa. Se siente ligera, ingrávida, relajada y un poco mareada. Sonríe. No para de sonreír. Mira fijamente hacia adelante. Sabe que esto lo tiene que contar: su primera borrachera de aire.


17 septiembre 2013

La re-puta-ción, los paseos, los sueños, los amigos

Anoche salí a pasear por Ávila con mi amigo Julio. Me gusta charlar con él porque coincidimos muchísimo en cómo nos tomamos la vida. Queríamos aprovechar estos días en los que sus noches son perfectas para salir a alguna terraza o por el simple hecho de pasear. Y si uno vive en una ciudad bonita, como lo es Ávila, más razón para hacerlo.

Entre vinos y cañas, pasamos de temas supérfluos (a los dos nos gusta la banalidad) a otros que nos tienen enganchados por lo creativo o por lo personal. Julio es arquitecto y artista plástico. Yo soy contadora de historias e inventora de proyectos. Pero ante todo nos definimos como personas que nos gustan las personas, independientemente de los que hagan. Y aquí apareció el tema del nombre y de la "re-puta-ción" que muchos artistas y profesionales independientes anhelan.

Hablando con Julio acerca de ello recordé un librito que me dejó otro buen amigo, Gerardo. Se trata de un libro de poemas y textos que se titula "Escribir por el placer de contar" de la Asociación Argadini, editado por Grupo Cero. Es una obra colectiva de los miembros del taller literario del Café Gijón de Madrid. Lo que me llamó poderosamente la atención fue la presentación que hacían de sí mismos sus miembros:

Óscar Concha: "Cuando tengo amistad la siento sinceramente"
Gonzalo Sierra: "Me levanto con mucho sueño. Me gusta mucho la miel"
Marisa Corral: "Soy una persona que ha cambiado mucho y me gusta relacionarme con los demás"

Y la que más me gustó de todas:
Silvia Cota: "Todos los días escucho a mi corazón y sé lo que siente"

Esta afirmación me dejó perpleja y me llevó a pensar en las presentaciones que generalmente uno se encuentra en las contracubiertas de los libros: estudió esto, investigó aquello, recibió prestigiosos premios... Sin menospreciar su valor, caí en la cuenta de que cuando leo este tipo de biografías y empiezo a leer el libro, soy consciente de que leo un libro. Sin embargo, me sorpredió comprobar que, en el caso de estos escritores que se cuentan desde sus emociones, lo que comienzo a leer son las personas. Y que lo mismo me pasa cuando escucho a los contadores de historias o cuando veo un cuadro. Yo quiero saber qué le pasaba, cómo pensaba la persona que hay detrás una obra. Hay quien afirma que eso es lo de menos, que si la vida de un artista destaca sobre su obra es que no era un buen artista. Lo importante es la obra y no la persona.

De esto hablamos Julio y yo en nuestro paseo entre vinos y cañas. No encontramos respuestas. De hecho, me acosté con un montón de preguntas: ¿qué pasa con la reputación, el estatus social, el prestigio y el reconomiento cuando uno se muestra al mundo como persona? ¿Qué pasa con su obra? ¿Es posible reconocer una obra sin reconocer al autor de la obra?

Curiosamente soñé que encontraba un montón de dinero y curiosamente hoy por la tarde he encontrado unos ahorrillos que había dejado olvidados en una caja. ¿Será ésta la respuesta?

21 enero 2013

Freud y yo


Si me dan las palabras “Sigmund” y “Freud” me vienen a la mente otras como “psicoanálisis” o “interpretación de los sueños”. De la primera (del psicoanálisis) sé poco pero desde pequeña me obsesionan los sueños y sus símbolos.

Hace años que los escribo para recordarlos y me gusta darles interpretaciones propias, alejadas de cualquier diccionario y de su simbología. Me gusta fantasear con ellos, me enredo en ellos, los continúo e imagino finales o principios y añado personajes según me venga. En mi época de estudiante, después de estudiar me dormía para integrar lo aprendido. E incluso ahora, las ideas creativas me vienen justo antes de dormir.

De cómo acabé en un aeropuerto a las dos de la tarde arrastrando una maleta con las obras completas de Freud es una larga historia. El caso es que en el asiento trasero de mi coche, se sienta la maleta desde hace ya varios meses. La razón de no subirla a mi casa es porque vivo en un cuarto sin ascensor y el saber de Freud ocupa lugar y pesa mucho.

Desde entonces mi libreta de los sueños está en blanco. Soy incapaz de recordar ninguna de mis imágenes oníricas. Por más que lo intento. Duermo más horas de las que acostumbro e incluso hasta me echo la siesta, pero no hay forma de retenerlos.

Lo peor de todo es cuando subo al coche. Al principio apenas venía ningún pensamiento, pero con el paso de las semanas, en cuanto llevo cinco minutos conduciendo, parece que tengo a Freud en el asiento de atrás acribillándome a preguntas: “¿por qué no puedes recordar los sueños? ¿Acaso es que estás en tal punto de estrés? ¿Quizá le quieres dar la espalda a tu subconsciente? ¿O es que vives en tanta monotonía que ni te vienen los sueños?”

Quiero abandonar la maleta en alguna cuneta. E incluso he pensado en vender las obras en algún rastro. Pero ni siquiera he sido capaz de abrirla. Creo que si la abro, ya no habrá remedio. Las paredes de mi coche pronto se impregnarían del espíritu de Freud. Las preguntas me acosarían hasta el fin de mis días. No soñaría nunca más. No. Mejor no abrirla. Mejor esperar a encontrar alguien a quien le importen un pito sus sueños y tenga desocupado ese lugar del saber donde el saber de Freud ocupe su lugar acorde a su peso.

03 febrero 2012

Horizontes


Se iba cada mañana a mirar el mar. Le gustaba verlo tranquilo al amanecer. Mirar el sol cómo salía de su lecho y se elevaba en el cielo poco a poco. Le gustaba la línea en la que el cielo y a tierra se unen o se separan, según el ánimo del que observa. Para él la línea los unía. En ella, veía cómo cada día jugaban al escondite el sol y la luna. Esa línea era su musa, su punto de mira, su objetivo inalcanzable pero a la vez el que le impulsaba a seguir caminando. Mientras estuviera allí todo iría bien. La veneraba como los religiosos a sus dioses o como se adoran los enamorados. Si por circunstancias, le resultaba imposible verla en el mar, la buscaba en las llanuras, en lo alto de las montañas o en los valles. Era suya. Sólo para él. Su mirada la hacía distinta y única, diferente a la línea que miraban los demás.
Mirarla le producía a veces libertad e ingravidez, otras gozo y felicidad o plenitud. Deseaba abrazarla y tumbarse en ella.
Un día consiguió que un amigo le prestase su velero. Se hizo a la mar y navegó hacia ella seguro de  no alcanzarla jamás. 
Lo que ignoraba era que desde la orilla, una niña observaba cómo, a lo lejos, el barco se mecía en su regazo convertido en un punto en medio de un sol que la linea ocultaba. De pie en la arena, ella miraba con envidia cómo aquel navío había llegado al lugar al que ella nunca llegaría.

16 noviembre 2011

Sentires

Te miro. Tu figura se va definiendo mientras la recorro con mis ojos. Empiezo por tu cabeza y tu pelo: corto, moreno y brillante. Tu oreja derecha, pequeña y un poco despegada. Perfilo la parte diestra de tu cuello largo. Me detengo en tu hombro. Imagino mi cabeza apoyada en él, y bajo por el brazo. Tus biceps, fibrosos y delgados se dibujan sutilmente. Sigo por el codo, y tu antebrazo. Venas y bello casi imperceptible. Repaso el contorno de tu mano desde el pulgar, pasando por cada uno de tus huesudos dedos, para subir por la cara inversa de tu antebrazo, codo y brazo. Me detengo en la axila. Imagino tu olor y me deslizo por tu torso. Desciendo lentamente como una gota de sudor hasta tu cadera. Me precipito hasta tu rodilla, juego con tu gemelo y me entretengo en tu tobillo. Imagino mis dedos acariciando tu tobillo. Bordeo tu pie, cada dedo. Igual que hice con la mano, y empieza el ascenso, lento: tu gemelo, tu rodilla. La cara interior de tu muslo... La entrepierna... La acaricio suavemente con la mirada. La quiero tocar, pero no la toco. Te sigo dibujando la cara interior de tu muslo izquierdo hasta la rodilla, en descenso por tu pierna zurda. Redondeo tu tobillo y rodeo tu pie izquierdo. Cada dedo, suavemente. Me encuentro con tu tobillo. Comienza el ascenso: Pierna, rodilla y muslo. Fibra y músculo hasta la cadera, la entrada al torso. Torso que bordeo detenidamente: veo un lunar, una pequeña mancha de nacimiento y llego a tu axila. De nuevo imagino tu olor y me deslizo por el interior de tu brazo, codo y antebrazo. Me paseo por entre los dedos. Llego a tu membrana sinovial. Y recorro tu antebrazo izquierdo, codo y brazo. De nuevo el biceps y tu hombro. Imagino mi cabeza apoyada en él. Subo por tu cuello que no se acaba nunca hasta descansar en tu oreja izquierda y acabo en tu cabeza, remolineando tu pelo, negro y brillante.

Eres la obra que han dibujado mis ojos. Una obra de arte que se me presenta como un problema difícil de entender pero que pide a gritos una solución. Poco a poco, me acerco te hablo al oído, te siento, te escucho, te recorro con mis dedos... te resuelvo.

21 septiembre 2011

Detalles

Hay quien piensa que lo importante en los cuentos es la acción. Las acciones cuentan la historia. Una historia es una secuencia de acciones en las que los personajes avanzan en el espacio-tiempo y llegan a un desenlace. Pero hay a quienes les gusta descansar por el camino de la historia. Se detienen a mirar una hoja que cae, un botón mal abrochado, la luz del sol ocultándose en un nube... Aparentemente no pasa nada. Pero es en ese detenerse, donde las imágenes ganan potencia de colores, olores, sabores, sonidos. En ese detenerse se puede escuchar el canto de un pájaro lejano o a la vecina de abajo cantando. Se pueden ver los cuadros rojos y blancos del mantel de la cocina donde alguien toma un café caliente con calcetines blancos y bata azul. Esos silencios en los que mueren las palabras y que son, a su vez, su nacimiento.

Hay quienes viven caminando sin parar, haciendo esto o lo otro. Subiendo escaleras, comprando, escribiendo, pensando, comiendo... Una acción detrás de otra hasta que, al final de la jornada, se desploman en el sillón o en la cama, orgullosos de todo lo que han hecho durante el día.

Y también los hay que observan, paran, escuchan, en ese hacer cotidiano. Al final del día tienen una larga lista de detalles: una colilla en una pileta de agua bendita, un cierre de una cremallera olvidado en el saliente de una pared con la incrustación "bacci&abracci", una bombilla de bajo consumo en un rincón de un monasterio del siglo XV... Detalles que a veces se fotografían o se repiten como una obsesión, ¿cómo se puede tener en una biblioteca los tejuelos cada uno a una altura? ¿Acaso cuesta tanto pegar un cartel recto o cambiar el folio roñoso donde se lee OPAC? ¿Por qué no ponerle un cacho celo al lomo de un libro que se está pelando? 

Lo que hace que uno se quede o se vaya corriendo de un lugar, son los detalles. El cuidado de colocar la fruta, en poner los pasteles, en envolver un regalo o preparar un desayuno... Y no importa que nadie lo vea. Justamente de eso es de lo que se trata. La gracia está en descubrirlos.

19 septiembre 2011

16 junio 2011

Persianas II

Hacía meses que había bajado la persiana del amor. ¿Se estaría acercando la hora de entreabrirla un poquito?

05 abril 2011

Volando voy

Entré en el avión a la hora prevista. Fila 6, ventanilla. Aunque el vuelo era nocturno me gusta mirar las luces de las ciudades desde las alturas. Me había prometido que estaría atenta al despegue y a mirar cada tanto lo que pasaba a mi alrededor. Cada vez que viajo en transporte público me enfrasco en la lectura del libro que he decidido que sea mi acompañante en el viaje. ¿Acaso no me gusta viajar y por eso necesito entretenerme con algo para que pase lo más pronto posible?¿O es la necesidad de engañar a mi impaciencia infantil que me suele atosigar con el "cuando llegamos"? Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que en tren, autobús o avión, siempre llevo un libro entre manos y una libreta para apuntar alguna frase que me guste o por si acaso se me ocurre alguna idea.

Antes de despegar, ya había hecho caso omiso de mis propósitos. Me sorprendí sumergida en la historia de aquella madre que había perdido a su hijo mayor en tiempos de posguerra y contaba al pequeño lo que había sucedido a través de sus recuerdos. El libro olía a nuevo. El papel era suave y grueso. Bien maquetado. Con el tamaño de letra que me gusta, ni demasiado grande ni demasiado pequeña y doble interlineado. Era un regalo y como tal lo mimaba.

En el momento del despegue, miré por la ventanilla cómo el avión cogía el vuelo. Cómo nos alejábamos del suelo y los coches se hacían cada vez más pequeños. Las luces de la ciudad empezaban a dibujar formas para que mi imaginación empezara a funcionar. El piloto se presentó. Nos informó que alcanzaríamos los 9.000 metros de altura. No habló de la velocidad (yo creo que para no acojonar). Mientras explicaban las salidas y el funcionamiento del chaleco salvavidas, volví a la lectura. Cuando apagaron las luces generales, encendí mi led. Aproveché para mirar afuera. Abajo, masas de luces de ciudades y pueblos. Al fondo a la izquierda, la luna indicándome el oeste. Nos alejábamos por segundos. Yo hacia el este y ella en el oeste desapareciendo en la costa portuguesa. Cuántas veces la había visto salir en la Malvarrosa. Cuántos atardeceres de lunas llenas. Nunca hubiera adivinado que la luna se pusiera en el mar de la misma forma que sale: anaranjada y brillante. La ví la primera vez en Lisboa. Entonces entendí la saudade. No es lo mismo ver nacer la luna que verla morir cada día. Por eso será que la gente meditárrenea tenemos fama de alegres y divertidos y los gallegos y portugueses de melancólicos.

Me pareció extraño verla prácticamente en el mismo lugar durante todo el trayecto. Parecía que estuviera cuidando de que el vuelo llegara a buen fin. Como una madre que mira cómo duerme su bebé asegurándose de que nada malo le vaya a pasar. Así me miraba la luna o así me sentía yo. Me fijé bien: ¿estaba menguante o creciente? Calculé el ciclo. Hacía dos semanas que había estado llena, por lo que debería de estar recién saliendo de nueva. Pero su tamaño era un poco mayor del que tendría que tener en ese estado del ciclo lunar.

Desde 9.000 metros de altura, ¿la luna se paralizaba? ¿Tardaba más en desaparecer? ¿Su tamaño también cambiaba vista desde el suelo? Durante todos mi años de coger aviones, nunca se me habían presentado estas cuestiones. Quizás porque casi siempre vuelo de día y en el caso de hacerlo alguna vez de noche, me había tocado pasillo o no había aparecido la luna de aquella forma o coincidiría con momentos de mi vida en que no me hago preguntas.

Hice lo que suelo hacer cuando me vienen a la cabeza preguntas que no puedo responder en el momento. Agaché la cabeza y seguí leyendo si dar más importancia a la inquietud. No sin antes apuntar la pregunta en la libreta que llevaba para tal fin. Después de varias páginas, el piloto informó que en unos minutos aterrizaríamos en el aeropuerto de Palma de Mallorca. Temperatura exterior, 15ºC.

El avión perdía altura y la bahía de Palma se veía claramente iluminada. Algunas lucecillas en medio del oscuro mar avisaban de la existencia de pequeños barcos. Algunas más intensas y abundantes pertenecían a esas enormes embarcaciones de cuyo nombre nunca acierto a recordar a pesar de haber nacido y crecido en una ciudad portuaria como Valencia. Al ver las luces, me acordé de la luna. Miré hacia la izquierda. El astro que me había cuidado acompañado durante todo el viaje se convirtió, a las luces de la ciudad, en la luz indicadora del extremo del ala izquierda del avión.

Ante el golpe de realidad, no me desilusioné ni me sentí imbécil como otras veces que me había sucedido algo parecido. Aquella luz había realizado la función para la que había sido creada. Por un lado, señalar al piloto las dimensiones del avión en la oscuridad. Por otro, evitar que una persona lunática que se aburre en los viajes se sumergiera en un libro y que pasara por alto lo que sucedía a su alrededor. Si se transformaba en luna ante sus ojos, llamaría la atención a su espíritu literario y romántico, que tantas veces abandonaba por asuntos mundanos. Esta vez, no tendría escapatoria. A 9.000 metros, ante aquella visión, no tendría otro remedio que ponerse a la altura del avión en que viajaba.

09 febrero 2011

La culpa de todo la tiene Cukor

Cuando he llegado de viaje, me ha apetecido ver una película antes de dormir, pero no sabía cuál. Últimamente me ha dado por las de super-héroes de cómic y me he visto la saga de X-Men, Daredevil, Catwoman, Watchmen, Batman en una semana.

Hoy estaba indecisa. Quizás un clásico, alguna fantástica... Rebuscando, no sé cómo ha venido a mi memoria mi película preferida de la infancia. Sólo recordaba el título y el cine dónde la vi. Fue en una sesión doble, en un cine de reestreno que había detrás de mi casa: El Rosaleda. Era verano. Fui con mi madre, mis hermanas, dos tías y una prima. La película era El pájaro azul. Una obra de teatro para niños escrita en 1908 por el autor belga y ganador del Nobel en 1911, Maurice Maesterlink. Recuerdo que me gustó tanto que estuve muchos años rememorando lo bonita que era: su colorido, el azul brillante del pájaro, los paisajes, la fantasía...

Me he metido en un foro de cinéfilos y he encontrado la ficha técnica. Después de saber que era de Gorge Cukor (1976) y que salían Ava Gardner, Liz Tylor, Jane Fonda y Patsi Kensit, he pensado: "claro, ¿cómo no me iba a gustar a mí, con este pedazo de director?¡Con ese reparto! ¡Una película de culto! Si ya de pequeña apuntaba maneras: decididamente me iba a convertir en una intelectual gafa-pastas..."

Pero debajo de la ficha técnica venía la crítica (cito textualmente):
"Coproducción USA-URSS y fallida película de Cukor, tanto... que cualquiera lo tendría muy difícil para ser contratado nuevamente (Cukor dirigió aún dos pelis más antes de morir). Ni las estrellas que actúan logran salvarla, pero aún así tiene sus momentos (la escena con los abuelos, por ejemplo) y siempre es interesante recuperar los últimos trabajos del maestro. En el fondo tiene su gracia esta rareza. Que la disfruten."
Pensamiento posterior: "Así que fue ese bodrio el que envenenó mi mente infantil influenciable y marcó mi futuro gusto por lo raro, el fracaso y lo hortera. El colmo sería volver a verla y que me gustase. Claro que viendo las fotos, existe una posibilidad bastante alta de que me guste..." Seguiremos informando.


31 enero 2011

La nieve

Se acaba enero, y con él la cuesta, las primeras rebajas, el Día de la Paz , el día del maestro (que es el 28) y el peor día del año, que según la radio, es el día 24.

También llegaron las primeras nieves al lugar donde vivo. Y con ellas, las primeras bolas lanzadas a los amigos, las narices rojas y los primeros besos helados. Pero llega un momento en que deja de ser divertida, romántica y bucólica porque, una vez pisada, se vuelve en una especie de barro congelado, te ensucia los zapatos y te moja los bajos del pantalón. Pasados los días, se convierte en puro hielo que hace brillar las aceras como si hubiese llovido. Las calles son auténticas pistas de patinaje lo que le obliga a uno a caminar mirando al suelo, con cuidado de no resbalar.

Y si a todo eso le sumamos que las aceras son además resbaladizas, ocurren cosas como la que me contó una amiga el sábado cuando vino a casa a traerme naranjas y eucalipto porque estaba con gripe. Un señor de su barrio
se había resbalado el día anterior cuando iba a comprar el pan. Lo que podía haber sido un simple moratón, se convirtió en un asunto más grave, porque el señor murió esa misma mañana a causa de un derrame cerebral.

Sí, desde esta parte de la Península, la imagen de la nieve cambia, como tantas otras cosas.

11 septiembre 2010

Persianas

Un domingo por la mañana se levantó temprano. Se dirigió al cuarto de baño arrastrando los pies. Se miró en el espejo. Las profundas ojeras moradas y una ligera arruga de hastío en el alma, le dieron la clave para decidir bajar la persiana del amor. Pondría un cartel: "Cerrado por descanso del personal".

11 mayo 2010

Reencuentros

Me encanta reencontrarme con viejos amigos. Esos que conoces de toda la vida y a los que no tienes que demostrar nada. Que te quieren porque sí, porque te han visto llorar en la adolescencia por ese amor imposible, que te han hablado a pesar de los pantalones y los pelos a los "noventa" que ahora, cuando te ves, sólo puedes decir " yo me paseaba con eso puesto y pensaba que iba tan guapa". Esos amigos de la infancia y de la adolescencia con los que, a pesar de la distancia y del tiempo pasado, te unen los recuerdos y el cariño de aquel tiempo.

Esos amigos que te han visto crecer, evolucionar y madurar. Que te acompañaron durante algún tiempo y que luego vuelven a aparecer cuando giras una esquina. Ahí están. Sin inconvenientes y sin conveniencias.

¡Tan lejos y tan cerca! ¿Serán esos ángeles terrenales de los que habla la gente? ¿Esos que están aunque no los vemos?

10 mayo 2010

La vida y la muerte

Cuando la muerte venga a visitarme me gustaría sentirme orgullosa de la vida que he creado, con los errores y con los aciertos. Me gustaría sentirme feliz al echar la vista atrás: por todas las personas que me acompañaron, mis amigos, mis enemigos, los que me enseñaron, lo que aprendí. Me gustaría que mi corazón palpitase tranquilo, sin manchas ni espinas. Cicatrizadas las heridas. Me gustaría ver que mis sueños se hicieron realidad, que no me dejo nada en el tintero. Que hice todo aquello que quise hacer, que fui libre de elegir. Que fui feliz la mayor parte del tiempo.

La muerte acecha en cada esquina, en cada viaje, en cada rincón. A veces pienso que le gusta sorprenderme llevándose a alguien querido para que no me confíe, para que no se me olvide que también a mí me llegará el día de partir. Que ese día llegará cuando menos me lo espere, puede que hoy, que mañana o dentro de años. Por eso me recuerda que disfrute todo lo que pueda, que viva y deje vivir, que aproveche el momento. "Colige virgo rosas" aprendí en literatura. "Carpe Diem", me enseñaron en latín. "Por más que te aferres a la vida, la muerte no dejará de perseguirte", decía mi abuela. Claro, que ella creía que la vida es un valle de lágrimas en el que hay que sacrificarse para alcanzar el Paraíso celestial. Ella murió antes de que dijeran que el Infierno no existe. Por lo que dejó este mundo con su plaza comprada en el Cielo.

Como nadie me puede asegurar que dentro de un tiempo a alguien le dé por abolir también el Cielo, seguiré disfrutando de la vida (no vaya a pasar que, cuando me lleve la muerte, el sacrificio ya no importe).

09 abril 2010

Desahucio

R.A.E
(De des- y ahuciar).
1. tr. Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea.
2. tr. Dicho de un médico: Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación.
3. tr. Dicho de un dueño o de un arrendador: Despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal.

Teniendo en cuenta que las viviendas derribadas del Barri del Cabanyal no estaban alquiladas sino que eran propiedad de sus dueños o habían sido abandonadas a sus suerte, no se puede aplicar la tercera acepción del diccionario a los derribos del Barri del Cabanyal.

Sin embargo, leyendo las dos primeras y después de ver imágenes y leer noticias, declaraciones y entrevistas, la primera acepción la aplicaría a la gente que se ha quedado sin casa, a la gente de Salvem el Cabanyal y a todos los demás que miramos desde lejos con el corazón en un puño y tomamos el arma que tenemos a mano que es la de la palabra, la de la denuncia y la del apoyo a todos los que estáis a pie de calle impidiendo más barbarie.

La segunda acepción la dejo para el ayuntamiento de Valencia, D.E.P.

30 marzo 2010

Otro que se va...

Finaliza marzo, uno de los mis meses preferidos: anunciador del buen tiempo, el mes que me vio nacer, el mes ventoso por excelencia, el del fuego y el ruido de mi tierra. El mes más celebrado por las mujeres, el del santo borrachín que lleva mi nombre (de la casta le viene al galgo, decía mi abuela), el del día del teatro y el del cambio de hora. El mes loco de instancias y subvenciones. El mes de la poesía y del agua (será por agua...)

Marzo, poeta, actor y mujeriego. Con él empezamos a hacer excursiones domingueras, a notar los síntomas de las alergias y de las hormonas bailongas, a empinar el catxirulo y saltar a la comba. En el campo, los árboles verdean ante un cielo más azul en el que vuelan veloces las golondrinas.


Este mes me han acompañado varias lecturas entre álbumes ilustrados como Campos de Fresas, ¿Quién quiere un rinoceronte barato? o El abrigo; también ha habido recomendaciones como La mecániza del corazón de Mathias Malzieu, al que tengo ganas de hincarle el diente; libros a medio leer como El caballero de la Finojosa, novela histórica sobre la Salamanca medieval; así como un par de películas que me han gustado como Sherlock Holmes, con la que me lo pasé pipa o El escritor, que me conmovió.


Un mes lleno de proyectos en el que, ¡por fin!, ha salido el sol.

21 diciembre 2009

Picor de ojos

Se levantó con picor de ojos. Casi no podía abrir los párpados. Le picaban tanto… Y cuanto más se los frotaba, más le picaban. Probó con colirio, con manzanilla amarga, pero nada. Ahí seguía el picor. Los cerró. Los abrió. Hizo algunos ejercicios oculares, relajó los músculos, los tensó… Pero ahí seguía el picor. Pasaban las horas y los ojos seguían manifestando su malestar. No sabía qué hacer. Lo mejor sería no hacer caso. Como si no existieran. Seguro que si se concentraba en cualquier otra cosa, no pensaría en el picor y al final desaparecería, aunque fuera por aburrimiento. Pero ese día los ojos no se aburrían y seguían transmitiendo aquella desagradable sensación.

Finalmente, se rindió. Se sentó en el sofá y dejó que se agolparan y se desparramaran por las mejillas a borbotones. No se preocupó en frenarlas ni en secarlas. Caían y caían como cascadas cristalinas. Cuando dejaron de caer, miró por la ventana. El cielo era de un azul intenso y el verde de los árboles contrastaba con el brillo de la calzada mojada y gris. El cristal era mucho más claro y transparente. Allí sentado comprobó que al igual que la lluvia limpia el ambiente, las lágrimas limpian la mirada y que después de la tormenta llega la calma, se respira mejor y el aire es más fresco.

25 octubre 2009

El viejo calvo volador

Ésta es una historia insólita. Las historias insólitas se dan en lugares insólitos y sus personajes también lo son.

Un hombre caminaba lentamente por un camino de hojas secas bordeado de árboles amarillos. Llevaba un sombrero marrón y un abrigo de paño azul marino. Al final del camino encontró una casa abandonada. Abrió la puerta. Subió las escaleras. A cada peldaño que subía perdía un mechón de pelo. Cuando llegó a la habitación más alta de la casa, miró por la ventana y vio las montañas nevadas y el valle en pleno verdor. Se miró las manos. Ya no eran sus manos fuertes y vigorosas. Ahora veía unas manos arrugadas y huesudas.

Sin pensar, levantó los brazos y empezó a bailar en círculos como si estuviese invocando a los espíritus. Era como si supiera que había llegado el final de su vida. La habitación redonda giraba con él y las paredes tenían pintadas líneas negras que dibujaban paisajes en movimiento. Cuando detuvo su danza, se acercó a la pared a mirar mejor los dibujos. Y vio con sorpresa que aquellas líneas negras eran sus propios pelos. Aquella era una pared peluda pintada con sus propios pelos. Como si cada uno de los paisajes que reflejaba fueran hechos de cada pensamiento, recuerdo o anhelo. A lo mejor aquello tenía que ver con haber caminado por el camino de hojas secas, con haber abierto la puerta y subido las escaleras. Y a lo mejor era por eso que sus manos se habían llenado de arrugas y huesos.

Sin pelo, sin recuerdos y sin juventud, nada tenía sentido. Con la desesperación que provoca el desconsuelo, subió a la alfombra que estaba tirada en el suelo y se echó a volar por la ventana. Nunca más volvió a bajar a la Tierra.

Por aquel insólito lugar le llaman el viejo calvo volador. A veces, la gente que mira al cielo confunde aquella calva brillante con una estrella fugaz y él, que lo sabe, concede todos los deseos.