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23 noviembre 2016

Yoga, cuentos y creatividad

La clase de Yoga, Cuentos y Creatividad nació en julio de 2015 tras titularme como profesora de yoga en S'om. Asociación de Yoga y Filosofía (Mallorca) y donde comencé a aúnar las técnicas del yoga con los talleres de animación a la lectura para niños que llevo impartiendo hace más de veinte años.




Cada clase versa sobre un tema diferente de acuerdo a las necesidades de los niños: gestión emocional (miedos, enfados...), anatomía, ética, cuestiones filosóficas como ¿qué es la felicidad? Cada sesión sigue una estructura concreta basada en la pedagogía del orden y la concentración que proponía María Montessori.

Los cuentos que se cuentan en clase pertenecen a mi repertorio como narradora profesional son propios o adaptaciones totalmente personales procedentes de la tradición oral o autores referentes en la literatura infantil y juvenil. En mi labor como promotora de la lectura y para aficionar al niño al arte, a veces uso álbumes ilustrados o les animo a crear sus propios libros.



Como nota distintiva y propia de la clase YOGA, CUENTOS y CREATIVIDAD está nuestra pizarra de expresión donde los niños reflejan lo que más les ha gustado de la clase.



Puedes seguir el trabajo semanal en el albúm de fotos en Facebook Yoga Infantil

08 noviembre 2013

Cuconca. Cuentos con cata. Nuevo Festival de narración oral

Casi siempre, cuando se me ocurre la idea de un proyecto no pienso en la repercusión que pueda tener. Cuando pienso en ello, no suelo llevarlo a la práctica. Eso es lo que pasó con la última sesión de cuentos para adultos "Cicatrices" que supuso, a nivel personal, mucho más de lo que había pensado. 

Desde hace un tiempo que estoy trabajando en la nueva sesión para adultos y tampoco sé qué va a pasar cuando la termine, si no la voy a contar nunca en público, quizás sea el paso final para dejar la narración oral o quizás el impulso para seguir adelante. No lo sé, por eso sigo escribiendo y anotando ideas, leyendo de aquí y de allá, hablando con amigos que me ayudan en la concreción y me animan a que siga adelante.

Igual pasó con el Cuentacuarenta que nació en 2012 en Ávila. Para mí supuso un reto personal que en 2013 tuvo muchísimo apoyo y aceptación en la ciudad y que incluso le han nacido hijos. ¿Quién me lo iba a decir a mí hace dos años en mi casa, muerta de miedo, mientras redactaba el proyecto? Y menudos hijos: en Valladolid nació los Domingos de cuento, de la mano de Isabel Benito y Susana Fú y ahora en noviembre, nace Cuconca. Cuentos con cata, Festival de narración oral para adultos en Los Santos de Maimona (Badajoz), de la mano de Carmen Canseco y la narradoa Elena Pérez.

Lo que tienen en común es un montón de colaboradores que ayudan a que se puedan realizar. En Los Santos: librerías, bares, restaurantes, bibliotecas, la Fundación Maimona, Zafra30 periódico digital que va a cubrir el evento en los medios. Además, de la ilustración de Patxidifuso y el diseño gráfico y maquetación de Elena Pérez.


Iván Villar y Virginia Moreno
 Como sucede con los hijos, cada uno toma su propia personalidad y, a pesar de tener los mismos padres, cada cual con sus cadaunadas, como dice el dicho. Así ocurre con Cuconca. En él se aúnan cuentos para adultos, vino y teatro. Porque éste es un Festival que vuelve a las raíces de la narración oral: cuando se contaba al calor de la lumbre, o en las tabernas al anochecer, tras la jornada laboral. Tradición y modernidad. Porque sí que se cuenta en bares con buen vino que aportan las Bodegas Toribio y La Cooperativa Virgen de la Estrella, pero será a mediodía, a las 13 h. se escucharán historias y música por las calles de Los Santos.

Y junto a esta tradición, no se olvida que el arte de contar historias es una arte escénico yse reivindica el teatro como otro lugar para escuchar historias. Así, también participa en Cuconca la Sala Guirigai, que acoge por primera vez un festival de narración oral para adultos en su escenario.

Para los que no sepan de qué va esto, os diré que los cuentos son diferentes en cada espacio. Así que se puede acudir a todas las actividades, aunque a mí me encanta escuchar una historia muchas veces, y más si me gusta. Pero, como en el vino, paladares hay de todo tipo.

Aquí os dejo la programación:

Sábado 16 de noviembre

El narrador oral sevillano, Pepepérez
13. 00 h. Ruta de cuentos

Salida: Biblioteca Pública Municipal
Recorrido: Bar Las Barandas, Bar Casino

Narradores: CristinaMirinda y Pepepérez

Músicos: Iván Villar y Virginia Moreno

21 h. Sesión de cuentos para adultos. Sala Guirigai
Entrada: 5 € (incluye un vino en los bares colaboradores). Después de la sesión habrá cata de aceites de la Cooperativa Virgen de la Estrella

Venta anticipada en Librería Instituto (Los Santos de Maimona) y Librería Atenea (Zafra). 

Domingo 17 de noviembre

Cristina Mirinda, narradora underground (Madrid)
13. 30 h. Ruta de cuentos

Salida: Bar Drinks
Recorrido: Bar Drinks, Bar Kabi

Narradores: CristinaMirinda y Pepepérez
Músicos: Iván Villar y Virginia Moreno





21 enero 2013

Freud y yo


Si me dan las palabras “Sigmund” y “Freud” me vienen a la mente otras como “psicoanálisis” o “interpretación de los sueños”. De la primera (del psicoanálisis) sé poco pero desde pequeña me obsesionan los sueños y sus símbolos.

Hace años que los escribo para recordarlos y me gusta darles interpretaciones propias, alejadas de cualquier diccionario y de su simbología. Me gusta fantasear con ellos, me enredo en ellos, los continúo e imagino finales o principios y añado personajes según me venga. En mi época de estudiante, después de estudiar me dormía para integrar lo aprendido. E incluso ahora, las ideas creativas me vienen justo antes de dormir.

De cómo acabé en un aeropuerto a las dos de la tarde arrastrando una maleta con las obras completas de Freud es una larga historia. El caso es que en el asiento trasero de mi coche, se sienta la maleta desde hace ya varios meses. La razón de no subirla a mi casa es porque vivo en un cuarto sin ascensor y el saber de Freud ocupa lugar y pesa mucho.

Desde entonces mi libreta de los sueños está en blanco. Soy incapaz de recordar ninguna de mis imágenes oníricas. Por más que lo intento. Duermo más horas de las que acostumbro e incluso hasta me echo la siesta, pero no hay forma de retenerlos.

Lo peor de todo es cuando subo al coche. Al principio apenas venía ningún pensamiento, pero con el paso de las semanas, en cuanto llevo cinco minutos conduciendo, parece que tengo a Freud en el asiento de atrás acribillándome a preguntas: “¿por qué no puedes recordar los sueños? ¿Acaso es que estás en tal punto de estrés? ¿Quizá le quieres dar la espalda a tu subconsciente? ¿O es que vives en tanta monotonía que ni te vienen los sueños?”

Quiero abandonar la maleta en alguna cuneta. E incluso he pensado en vender las obras en algún rastro. Pero ni siquiera he sido capaz de abrirla. Creo que si la abro, ya no habrá remedio. Las paredes de mi coche pronto se impregnarían del espíritu de Freud. Las preguntas me acosarían hasta el fin de mis días. No soñaría nunca más. No. Mejor no abrirla. Mejor esperar a encontrar alguien a quien le importen un pito sus sueños y tenga desocupado ese lugar del saber donde el saber de Freud ocupe su lugar acorde a su peso.

30 marzo 2012

Hay mañanas...

Cuadro de Marilu Kunhe
Amaneció con frío y sol aquella mañana. Una vez sacadas las fuerzas de flaqueza, se dirigió al baño, se miró en el espejo de soslayo y se metió en la ducha. Dejó que el chorro de agua caliente le cayera en la espalda (pensaba que de esa forma se descontracturaba). Como era una persona que creía en la autosugestión, en menos de cinco minutos de sentir el calor en la espalda, empezó a notar alivio.

Mientras se secaba el pelo se vio el moratón de su ojo izquierdo. Hacía dos días que se había tropezado con la puerta del comedor, lo que le produjo aquel cardenal que disimulaba con un maquillaje coreano que le había procurado una compañera de trabajo que tenía la costumbre de comprar por Internet objetos extravagantes que no servían para nada. 

Se puso la muñequera que le inmovilizaba la muñeca derecha porque hacía tres meses tuvo un accidente donde se rompió el escafoides. La llevaría durante los siguientes tres meses para asegurar que el hueso se uniera correctamente. Salió de casa con prisa porque tenía que poner gasolina y llegaba tarde al trabajo.

De camino a la gasolinera casi atropella a un transeúnte, que le hizo la señal de maldición gitana. Ella se asustó. No es que creyera en ellas pero por si acaso.

Cuadro de Ernest Descals
En la gasolinera parecía que la toda la ciudad se había puesto de acuerdo para echar gasolina a la misma hora. Cuando fue a pagar, la máquina no aceptó la tarjeta y se tuvo que ir al banco más cercano cruzando los dedos para que le hubieran ingresado la nómina. En vano. Números rojos. Después de hablar largo y tendido con el personal de la gasolinera, dejó su DNI en depósito. Ya llegaba una hora tarde al trabajo  cuando salió se puso en marcha. Con la mala fortuna que le paró la Guardia Civil en la primera rotonda a la salida de la ciudad. Como no llevaba el DNI, le pidieron los datos, la sacaron del coche y registraron el maletero. Media hora más tarde, por fin se dirigió al trabajo. En el viaje se acordó de la persona del paso de cebra. A lo mejor había tenido algo que ver con aquellos episodios tan desagradable que le obligaron a tomarse un calmante para los nervios

Cuando por fin llegó al trabajo, (con dos horas de retraso) subió corriendo las escaleras tan deprisa que dio un traspiés y por poco no se estampó contra la pared. Resoplando encendió el ordenador. Solo tenía 8 GB libres en el disco duro, así que decidió copiar los archivos a otra unidad. De repente, las carpetas dejaron de contener documentos. En diez minutos, perdió el trabajo de siete años y lo peor de todo: debía de presentar la memoria al día siguiente.

Cuando bajó las escaleras para hablar con su jefe se tropezó en un escalón y cayó  de bruces al suelo ante el estupor de sus compañeros. Empezó a sangrarle la nariz y el labio. En urgencias le dieron un Ibuprofeno, le escayolaron el tobillo y le sugirieron que se fuese a casa. 

Cinco horas después de haber salido, volvió a su casa con dos algodones en la nariz, el labio hinchado a juego con la parte izquierda de su cara, un ojo morado, el cuerpo magullado, el tobillo escayolado, con el trabajo de siete años perdido y con la moral por los suelos.

Aquello no podía ser otra cosa que fruto de la maldición que le habían echado esa mañana. Por si las moscas, se quedaría en casa. No saldría en las próximas tres semanas. Se quedaría en la cama con la pierna en alto, durmiendo. A ver si aquello se pasaba. Se tomó otro calmante, otro Ibuprofeno, se metió en la cama y con desconfianza se tapó con las sábanas hasta los ojos mirando de un lado a otro. Con un poco de suerte se dormiría y por un tiempo todo aquello quedaría atrás. La próxima vez tendría más cuidado con el coche o por lo menos dejaría al transeúnte bien tumbado.

20 marzo 2012

20 de marzo

Esta primavera hibernal con lluvia y nieve invita a escuchar historias. Hoy, 20 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Narración Oral y en Ávila se sigue celebrando la Cuaresma con Cuentos. Para el día de hoy, el Cuento 29 de los microcuentos que diariamente se mandan por twitter, facebook y por mail.

Además, para celebrarlo, dentro de las actividades paralelas del Cuentacuarenta, se ha organizado para el domingo 25 de marzo, el Laboratorio Despertar la Historia con el narrador José Campanari

Una oportunidad única para adentrarse en este arte con uno de los mejores narradores que existen. Campanari lleva más de 20 años en este oficio. Coordinador de la Escuela Itinerante de Narración Oral, imparte laboratorios sobre el arte de contar histroias de viva voz en España y en el extranjero.

Lugar: Delicatessen
Hora: de 10 a 14 y de 16 a 18 h.
Precio: 50 €
Plazas limitadas.

Reserva ahora llamando al 617 716112, pregunta por Patricia o al 686391778, pregunta por Vita.

03 febrero 2012

Horizontes


Se iba cada mañana a mirar el mar. Le gustaba verlo tranquilo al amanecer. Mirar el sol cómo salía de su lecho y se elevaba en el cielo poco a poco. Le gustaba la línea en la que el cielo y a tierra se unen o se separan, según el ánimo del que observa. Para él la línea los unía. En ella, veía cómo cada día jugaban al escondite el sol y la luna. Esa línea era su musa, su punto de mira, su objetivo inalcanzable pero a la vez el que le impulsaba a seguir caminando. Mientras estuviera allí todo iría bien. La veneraba como los religiosos a sus dioses o como se adoran los enamorados. Si por circunstancias, le resultaba imposible verla en el mar, la buscaba en las llanuras, en lo alto de las montañas o en los valles. Era suya. Sólo para él. Su mirada la hacía distinta y única, diferente a la línea que miraban los demás.
Mirarla le producía a veces libertad e ingravidez, otras gozo y felicidad o plenitud. Deseaba abrazarla y tumbarse en ella.
Un día consiguió que un amigo le prestase su velero. Se hizo a la mar y navegó hacia ella seguro de  no alcanzarla jamás. 
Lo que ignoraba era que desde la orilla, una niña observaba cómo, a lo lejos, el barco se mecía en su regazo convertido en un punto en medio de un sol que la linea ocultaba. De pie en la arena, ella miraba con envidia cómo aquel navío había llegado al lugar al que ella nunca llegaría.

05 abril 2011

Volando voy

Entré en el avión a la hora prevista. Fila 6, ventanilla. Aunque el vuelo era nocturno me gusta mirar las luces de las ciudades desde las alturas. Me había prometido que estaría atenta al despegue y a mirar cada tanto lo que pasaba a mi alrededor. Cada vez que viajo en transporte público me enfrasco en la lectura del libro que he decidido que sea mi acompañante en el viaje. ¿Acaso no me gusta viajar y por eso necesito entretenerme con algo para que pase lo más pronto posible?¿O es la necesidad de engañar a mi impaciencia infantil que me suele atosigar con el "cuando llegamos"? Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que en tren, autobús o avión, siempre llevo un libro entre manos y una libreta para apuntar alguna frase que me guste o por si acaso se me ocurre alguna idea.

Antes de despegar, ya había hecho caso omiso de mis propósitos. Me sorprendí sumergida en la historia de aquella madre que había perdido a su hijo mayor en tiempos de posguerra y contaba al pequeño lo que había sucedido a través de sus recuerdos. El libro olía a nuevo. El papel era suave y grueso. Bien maquetado. Con el tamaño de letra que me gusta, ni demasiado grande ni demasiado pequeña y doble interlineado. Era un regalo y como tal lo mimaba.

En el momento del despegue, miré por la ventanilla cómo el avión cogía el vuelo. Cómo nos alejábamos del suelo y los coches se hacían cada vez más pequeños. Las luces de la ciudad empezaban a dibujar formas para que mi imaginación empezara a funcionar. El piloto se presentó. Nos informó que alcanzaríamos los 9.000 metros de altura. No habló de la velocidad (yo creo que para no acojonar). Mientras explicaban las salidas y el funcionamiento del chaleco salvavidas, volví a la lectura. Cuando apagaron las luces generales, encendí mi led. Aproveché para mirar afuera. Abajo, masas de luces de ciudades y pueblos. Al fondo a la izquierda, la luna indicándome el oeste. Nos alejábamos por segundos. Yo hacia el este y ella en el oeste desapareciendo en la costa portuguesa. Cuántas veces la había visto salir en la Malvarrosa. Cuántos atardeceres de lunas llenas. Nunca hubiera adivinado que la luna se pusiera en el mar de la misma forma que sale: anaranjada y brillante. La ví la primera vez en Lisboa. Entonces entendí la saudade. No es lo mismo ver nacer la luna que verla morir cada día. Por eso será que la gente meditárrenea tenemos fama de alegres y divertidos y los gallegos y portugueses de melancólicos.

Me pareció extraño verla prácticamente en el mismo lugar durante todo el trayecto. Parecía que estuviera cuidando de que el vuelo llegara a buen fin. Como una madre que mira cómo duerme su bebé asegurándose de que nada malo le vaya a pasar. Así me miraba la luna o así me sentía yo. Me fijé bien: ¿estaba menguante o creciente? Calculé el ciclo. Hacía dos semanas que había estado llena, por lo que debería de estar recién saliendo de nueva. Pero su tamaño era un poco mayor del que tendría que tener en ese estado del ciclo lunar.

Desde 9.000 metros de altura, ¿la luna se paralizaba? ¿Tardaba más en desaparecer? ¿Su tamaño también cambiaba vista desde el suelo? Durante todos mi años de coger aviones, nunca se me habían presentado estas cuestiones. Quizás porque casi siempre vuelo de día y en el caso de hacerlo alguna vez de noche, me había tocado pasillo o no había aparecido la luna de aquella forma o coincidiría con momentos de mi vida en que no me hago preguntas.

Hice lo que suelo hacer cuando me vienen a la cabeza preguntas que no puedo responder en el momento. Agaché la cabeza y seguí leyendo si dar más importancia a la inquietud. No sin antes apuntar la pregunta en la libreta que llevaba para tal fin. Después de varias páginas, el piloto informó que en unos minutos aterrizaríamos en el aeropuerto de Palma de Mallorca. Temperatura exterior, 15ºC.

El avión perdía altura y la bahía de Palma se veía claramente iluminada. Algunas lucecillas en medio del oscuro mar avisaban de la existencia de pequeños barcos. Algunas más intensas y abundantes pertenecían a esas enormes embarcaciones de cuyo nombre nunca acierto a recordar a pesar de haber nacido y crecido en una ciudad portuaria como Valencia. Al ver las luces, me acordé de la luna. Miré hacia la izquierda. El astro que me había cuidado acompañado durante todo el viaje se convirtió, a las luces de la ciudad, en la luz indicadora del extremo del ala izquierda del avión.

Ante el golpe de realidad, no me desilusioné ni me sentí imbécil como otras veces que me había sucedido algo parecido. Aquella luz había realizado la función para la que había sido creada. Por un lado, señalar al piloto las dimensiones del avión en la oscuridad. Por otro, evitar que una persona lunática que se aburre en los viajes se sumergiera en un libro y que pasara por alto lo que sucedía a su alrededor. Si se transformaba en luna ante sus ojos, llamaría la atención a su espíritu literario y romántico, que tantas veces abandonaba por asuntos mundanos. Esta vez, no tendría escapatoria. A 9.000 metros, ante aquella visión, no tendría otro remedio que ponerse a la altura del avión en que viajaba.

08 marzo 2010

De rojo, por favor

Como cada mañana se levantó más o menos temprano según sus cánones. Puso la cafetera al fuego y se metió en la ducha. Le gustaba secarse con el olor de fondo a café recién hecho. Con la toalla enrollada en el pelo, preparó el desayuno: tostadas con aceite y tomate, café con leche y una manzana. Se puso sus pantalones preferidos: unos pantalones de lino negros muy gastados con los camales deshilachados que se arrastraban por la parte de atrás, un jersey negro de cuello vuelto y una chaqueta verde de lana con dos botones que se acababa de comprar por Internet.

Todavía descalza (lo mejor lo guardaba para el final) se quitó la toalla de la cabeza y se secó el pelo. Cuando estaba alisando el flequillo con el secador, la vio. Brillante y blanca como la luna, por encima de todos los demás. Allí estaba, demostrándole que los años no pasaban en balde y por mucho que celebrara cumplirlos, había que pagar un precio. Hacía muchos meses que ya había aceptado las incipientes patas de gallo como lineas de expresión, además de persuadirse de que esos pequeños surcos en el cutis le daban un aspecto de mujer madura, interesante, con experiencia en la vida. Ahora tendría que acarrear el peso de una cana y, con ella, el de muchas más.

Ella, que desde los 15 años había pintado su pelo desde el amarillo canario hasta el azul, pasando por el verde, rosa y una diana de colores... Que por fin después de muchos años se sentía orgullosa de su color de pelo (un castaño de lo más común), tendría que pasar de nuevo por los teñidos, los retoques o los baños de color, para cubrir lo que los años le mostraba. Y de esta forma, empezar a aparentar una edad que se alejaba de sí misma con la misma rapidez que una estrella atraviesa el cielo.

Aquello era una burla del destino. Ella, que se había deshecho de maquillajes, quitaojeras, tapagranos, brillos, rimel y lápiz de labios. Defensora a ultranza de la sencillez y la naturalidad, se perjuró que jamás se teñiría el pelo. Al fin y al cabo, el pelo blanco en los hombres les daba ese aspecto madurito interesante a lo George Clooney, ¿por qué en ella iba a ser menos?

Orgullosa de su decisión, se puso los calcetines y las botas negras que se había comprado en una zapatería cerca de su casa. Le encantaban los zapatos y aquellas botas habían sido amor a primera vista. Adoraba el momento de elegir zapatos. Pero cuando se fue a incorporar para coger el bolso, le entró un dolor de lumbago que la dejó hecha un cuatro, tirada en la cama con antiinflamatorios, sin ir a trabajar y con la frustración de tener que cancelar la cita a ciegas que sus amigos le habían preparado como regalo de cumpleaños.

Después de una semana de convalencia, su reaparición en el trabajo dio mucho que hablar. Todos alabaron el corte de pelo y el color rojo que había elegido dándole un aire mucho más juvenil. "Va, no es para tanto, un pequeño cambio de look nunca viene mal" respondía ella, como restándole importancia.


17 enero 2010

Dolor y placer

Una noche, haciendo zapping, me detuve en un programa que hablaba sobre el sadomasoquismo, esa forma de encontrar placer a través del dolor. Y miré por Internet. Encontré un artículo en el que se decía que el placer y el dolor se forman en la misma región del cerebro, lo que les convierte en "extremos de una misma línea contínua", según un estudio realizado por el doctor David Borsook, del departamento de investigación sobre el dolor del Hospital General de Massachusetts.

Por deformación profesional, me acordé del cuento de Riki Blanco, se titula Ainoa, la funámbula y forma parte de uno de los catorce "Cuentos pulga" publicados por la editorial Thule.

La historia habla de Ainoa, la funambulista. Una mujer que sólo lloraba por un ojo y reía de medio lado, no le gustaban los extremos, por eso se hizo equilibrista, para ir por el camino de en medio. Pero un día, en la cuerda floja, una araña empezó a pasear por sus manos y a subirse por el brazo hasta llegar al cuello, lo que le produjo un estallido de risas. Después, sin poder controlarlo, empezó a llorar mucho cuando vio que la araña caía de sus manos y la imaginó despachurrada en el suelo por su culpa. Pero la araña apareció en el pulgar de la otra mano porque había hecho un hilito y se puso a bailar claqué. Ainoa, al verla, empezó a reír y no por las cosquillas y después lloró, y no por el dolor. A partir de ese día en lugar de la cuerda floja, mandó instalar una tela de araña gigante para caminar sobre ella, porque decía no sé qué de que los extremos se juntan o algo así.

13 diciembre 2009

Genialidades

El genio se metió en la lámpara por curiosidad. Quería saber qué había allí dentro y comprobar si era capaz de entrar. El genio se fue haciendo pequeño, y más pequeño. Hasta que se hizo tan pequeño como una hormiga y pudo entrar en el ánfora. Allí descubrió un mundo muy diferente al que había conocido hasta entonces. Era el mundo de los genios.

Vio a un montón de genios en la orilla de un lago rodeado de montañas llenas de árboles. Los genios estaban sentados en círculo jugando a las cartas. Una brisa suave y fresca les movía las túnicas y hacía tintinear las perlas que adornaban sus turbantes. De pronto, uno de los genios desapareció entre una nube de polvo. "Otro que ha frotado la lámpara. Así no vamos a acabar nunca la partida. Llevamos más de cien años con la misma y , la verdad, empiezo a aburrirme", se quejó el genio que tenía una barba larga y gris.

Al cabo del rato apareció el compañero que había ido a conceder los tres deseos. Venía llorando de risa. Mientras se secaba las lágrimas, decía "Vaya, vaya como son estos humanos, jaja. Me ha pedido una gran casa y después un montón de sirvientes. ¿Y a que no sabéis cuál ha sido su tercer deseo?" "Déjame adivinar", dijo el de la barba blanca, "un montón de oro". "Exactamente, jajajaja. ¡El muy ingenuo!". El genio de barba roja empezó a reír: "¡Y no me digas que has vuelto a hacerlo!" "Sí, sí, jajaja. ¡Lo he hecho! Todo convertido en un montón de oro, jajaja. A ver qué hace con eso en medio del desierto, jajaja!" Todos los genios estallaron a carcajadas.

"Así que es por eso que hay tantos montones de oro por el desierto, qué tontos, juajua", se dijo el pequeño genio que enseguida se unió al grupo a reírse de los humanos.

Porque eso es lo que más les gusta a los genios, reírse de ellos y de sus extravagancias. ¿A quién se le ocurre pedir un deseo que después abandona porque cuando lo tiene, no sabe qué hacer con él?

25 octubre 2009

El viejo calvo volador

Ésta es una historia insólita. Las historias insólitas se dan en lugares insólitos y sus personajes también lo son.

Un hombre caminaba lentamente por un camino de hojas secas bordeado de árboles amarillos. Llevaba un sombrero marrón y un abrigo de paño azul marino. Al final del camino encontró una casa abandonada. Abrió la puerta. Subió las escaleras. A cada peldaño que subía perdía un mechón de pelo. Cuando llegó a la habitación más alta de la casa, miró por la ventana y vio las montañas nevadas y el valle en pleno verdor. Se miró las manos. Ya no eran sus manos fuertes y vigorosas. Ahora veía unas manos arrugadas y huesudas.

Sin pensar, levantó los brazos y empezó a bailar en círculos como si estuviese invocando a los espíritus. Era como si supiera que había llegado el final de su vida. La habitación redonda giraba con él y las paredes tenían pintadas líneas negras que dibujaban paisajes en movimiento. Cuando detuvo su danza, se acercó a la pared a mirar mejor los dibujos. Y vio con sorpresa que aquellas líneas negras eran sus propios pelos. Aquella era una pared peluda pintada con sus propios pelos. Como si cada uno de los paisajes que reflejaba fueran hechos de cada pensamiento, recuerdo o anhelo. A lo mejor aquello tenía que ver con haber caminado por el camino de hojas secas, con haber abierto la puerta y subido las escaleras. Y a lo mejor era por eso que sus manos se habían llenado de arrugas y huesos.

Sin pelo, sin recuerdos y sin juventud, nada tenía sentido. Con la desesperación que provoca el desconsuelo, subió a la alfombra que estaba tirada en el suelo y se echó a volar por la ventana. Nunca más volvió a bajar a la Tierra.

Por aquel insólito lugar le llaman el viejo calvo volador. A veces, la gente que mira al cielo confunde aquella calva brillante con una estrella fugaz y él, que lo sabe, concede todos los deseos.

25 agosto 2009

La transparencia

Ser transparente para Clara le daba más problemas que otra cosa. Que todo el mundo viera su interior no le hacía ninguna gracia ya que no podía decir lo que pensaba sin que alguien se lo dijera previamente después de haberle visto por dentro. Una fina membrana cubría el cuerpo de Clara. Su piel no había terminado de formarse y los médicos decían que había nacido antes de tiempo. Le era imposible mentir, disimular o ser diplomática, ya que los pensamientos y sentimientos que le recorrían el cuerpo y la cabeza se veían con tanta claridad como el interior de una botella de cristal.

Un amigo suyo le aconsejó que si quería tener una piel más gruesa, tendría que aprender a mentir. De esta forma, a cada mentira que dijera Clara, su piel engrosaría. En su desesperación Clara probó. Y empezó a inventar historias. Pero le era imposible decir tres mentiras seguidas, así que la piel recién nacida, desaparecía y volvía a mostrar todo lo que tenía dentro. Intentó mentir en la oficina, pero no salió y la despidieron. Se metió en un grupo de teatro, probó en la política, vendiendo productos de cosmética, escribió en algún periódico e incluso se prostituyó alguna vez a ver si podía mentir en los orgasmos, que decían que era lo más fácil. Sin embargo, estos intentos le daban más insatisfacciones que otra cosa. A lo mejor tenía que aprender a vivir con aquella transparencia a pesar de todo.

De tanto deambular por la mentira, su ingenio se agudizó. Empezó a decir lo que pensaba y lo que sentía antes de que nadie se lo viera. Poco a poco, finas capas de piel envolvieron su cuerpo de verdades hasta el día en que quedó totalmente cubierto. La piel resultante era un poco rugosa al tacto y cuando se erizaba, le salían pequeñas púas punzantes.

04 septiembre 2008

Septiembre

Septiembre, mes de principios. Comienza el cole, la vuelta al trabajo, al hogar, a la rutina. Fin del verano, fin de la fiesta.

El mes de la vendimia. En el que todos regresan a sus hogares y uno estira un poco más el verano y se queda en el pueblo para vendimiar porque el instituto empieza en octubre. Miro hacia atrás y me observo como una privilegiada. Un mes más de vacaciones a pesar o gracias a la vendimia. Esa fiesta que te destroza las lumbares, en la que trabajas de sol a sol y después unas cañas y unos bailes y casi sin dormir de vuelta al tajo. Y en la siesta recuerdas la noche y maldices ese cubata de más. Risas y juegos. Un corte con las tijeras, un avispa que pica, una liebre en el campo...

Y pasas septiembre subida a un remolque lleno de pacas, comes en la merendera y llevas los chubasqueros por si acaso.

Y vuelves a la ciudad en octubre luciendo moreno de campo con un montón de dinero en el bolsillo para comprarte los libros, la ropa y algunos caprichos. Hablas de rastras, sarmientos, cepas y majuelos. Te divierte recordar a los amigos pero nadie te entiende. Esa manera de hablar tan rara...

18 diciembre 2007

Las siete Cucas

El otro día oí una historia de Peñaranda. Es un antigua leyenda sobre un crimen. Sucedió a finales del siglo XIX. Ricardo, el "Coquiles" casado con Saturnina, "la Cuca", padre de seis hijos, acompañado por otros dos jóvenes robó en la casa del amo para el que trabajaba como picapedrero de ferricarril. En el hurto mataron a la sirvienta y a la misma mujer del amo.
Pronto los arrestaron y les juzgaron en Salamanca. Fue muy conocido el juicio porque fue el primero con jurado popular. Los delincuentes fueron condenados a garrote vil. La ejecución tuvo lugar en Peñaranda ante 10.000 personas.

Esta historia la relató años más tarde Eugenio Noel en un libro titulado "Las siete cucas. Una mancebía en Castilla". Parece ser que después de la condena, el pueblo entero negó la palabra y la misericordia a la viuda y a las hijas del Cuquiles. Las echaron del pueblo, se aprovecharon de ellas... Vejadas y desesperadas, madre e hijas, montaron un burdel (mancebía) a las afueras y allí pudieron vengarse de todos aquellos que las repudiaron en su día, ya que todos acudían al prostíbulo siendo objeto de habladurías y chismes.

Mucha gente mayor todavía recuerda cómo de pequeños en lugar de decirles "duérmete que viene el Coco, les decían duérmete que viene el Cuquiles".

08 octubre 2007

La niebla y la vergüenza

"La Niebla y la Vergüenza eran muy muy amigas. Se invitaban a todas las fiestas y siempre iban juntas a todas partes. Cuando llegaba el verano se separaban y la Vergüenza le preguntó a la Niebla:

Oye tú Niebla! ¿si te pierdes, adónde te voy a encontrar?

Y le contestó la Niebla:
- Mira. En el verano, en los altos. En el inverno, en los valles. ¡Ah! Y tú Vergüenza, si te pierdes, ¿dónde voy a encontrarte?

Dijo ella:
En ningún lao hija, porque la Vergüenza si se pierde ya no se vuelve a encontrar."

Cuento popular de León.

30 septiembre 2007

Tronos

Había una vez un rey que siempre se enfadaba por todo. Sus sirvientes no sabían qué hacer para tenerle contento. Lo que más le gustaba era sentarse en su trono, mandar y quejarse. Que si la comida estaba sosa, que si los cubiertos estaban sucios, que si olía mal, que si el suelo no relucía…

Una mañana se levantó y se sentó en su trono. Cuando empezó a mandar y a quejarse, se dio cuenta de que se había quedado solo. Todos los sirvientes, su consejero, el bufón, el ama de llaves… Todos se habían marchado. Aquel rey, sin tener a quien mandar, ni con quién enfadarse, dejó la corona en el trono y se fue de allí para siempre. Al día siguiente, todo el pueblo celebró su marcha y en medio de la plaza cantaron y bailaron hasta el anochecer. Después, hicieron una enorme hoguera con el trono y la corona, y nunca más volvieron a tener rey.

29 septiembre 2007

Lo que puede suceder un día de viento

Hace mucho tiempo de la biblioteca de mi pueblo se escapó una palabra. Dicen que fue en un día de viento. Una ráfaga abrió el diccionario y de allí la palabra salió volando por la única ventana que estaba abierta.

Y dicen que llegó hasta una nube donde estuvo jugando a la rayuela un rato y la nube empezó a cambiar de colores y de formas. La palabra subió más arriba hasta alcanzar las estrellas y se hizo amiga de una de ellas que era profesora de matemáticas y astronomía. Y la estrella matemática se olvidó de contar, de sumar y de restar y se fue con su amiga a dar una vuelta por la Galaxia o a darle la vuelta a la Galaxia. Después se despidieron y la palabra se encontró con el sol que estaba muy cansado. El sol al verla sonrío y comenzó a emitir rayos de colores en todas direcciones que llegaron hasta la Tierra donde, a la gente que tomaba el sol, se le pintó la piel de rojo, verde, morado, azul, granate… (De eso todavía se acuerdan en mi pueblo). El sol se divertía de lo lindo y la palabra jugueteaba entre los rayos deslizándose de un lado a otro. Un poco más lejos, vio a un hombre en el interior de una montaña. Estaba serio y pensativo. Todos vieron cómo la palabra se colaba en su cerebro y el hombre al leerla sonrío y se puso a pensar, pero de otra manera, porque se levantó y se puso a construir castillos en el aire.

La palabra, contenta y satisfecha, volvió a la biblioteca donde el diccionario la esperaba con las páginas abiertas por la “i”. Esa palabra volvió a ocupar su sitio. Desde entonces, durante los días de viento, la biblioteca de mi pueblo tiene todas las puertas y ventanas bien abiertas, no vaya a ser que la palabra quiera escaparse de nuevo y no tenga adonde ir.

21 septiembre 2007

Sofás

Los ratones Ruperta y Ruperto tomaban el té sentados en el sofá verde del salón de su casa. Vivían en el hueco de un árbol que había en el jardín de una gran ciudad. Frente al fuego de la chimenea, con sus batas azules, se calentaban del frío invierno lluvioso de afuera.

Aquella tarde hablaban de sus vidas y de lo bien que lo pasaban juntos, cuando un enorme ojo se asomó por la ventana redonda del salón. Los ratones sabían que aquel era el ojo del gato Maragato, su peor enemigo. Así que, sin pensarlo dos veces, se cogieron de las manos, dijeron unas palabras mágicas y desaparecieron entre el humo de la chimenea. El gato Maragato, se fue muy enfadado. Otra vez aquellos roedores se habían burlado de él.

Ruperta y Ruperto volvieron después de un rato, se terminaron el té en el sofá verde y se quedaron abrazados mirando el fuego de la chimenea, como los ratones que se quieren.

20 septiembre 2007

Mecedoras

Un día, antes de comer, Marcos estaba jugando en el desván. Entre los cachivaches encontró la mecedora del abuelo y su sillita roja de madera.

Marcos se acordó de cuando el abuelo vivía con ellos. Por las noches, antes de dormir, el abuelo se sentaba en su mecedora y él en su sillita roja de madera. Se quedaba muy quieto para escuchar el cuento que saldría de la boca del abuelo y que le acompañaría en sus sueños aquella noche. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Limpió su sillita y se la bajó a su habitación.

A partir de aquel día, cada noche, un cuento del abuelo se colaba en los sueños de Marcos y por las mañanas se levantaba sonriendo.

19 septiembre 2007

Banquetas

Blanca vivía con su abuela en una granja llena de animales. Los sábados por la mañana, lo que más le gustaba hacer era ordeñar a la vaca Paca. Usaba su banqueta preferida. Una banqueta de madera que servía para todo. Se subía encima para alcanzar las galletas de chocolate que su abuela escondía en el armario más alto, dejaba su ropa preparada cuando se duchaba y sobre ella jugaba a las casitas.

Un día, una anciana pasó por la granja pidiendo limosna. Blanca le dio un tazón de leche recién ordeñada. Agradecida, la mujer le dijo que si pedía un deseo aquella noche, se cumpliría. Blanca, antes de acostarse, se sentó en su banqueta y deseó que aquélla fuera una banqueta voladora. Al instante, la banqueta de madera se elevó del suelo y Blanca salió por la ventana de su habitación.

Y desde entonces Blanca voló cada noche donde quiso.